La simbiosis (cuasi) perfecta de Castella y “Lenguadito”

El torero francés cuaja a cámara lenta a un extraordinario sobrero de El Torero, el toro de más calidad de toda la isidrada, y corta una oreja de ley; Urdiales da una vuelta al ruedo con la corrida de Cuvillo más fea que se recuerda

 No se recordaba una corrida de Núñez del Cuvillo más fea, abierta de cara y ancha de sienes. Veedores para qué os quiero. Caminaba la tarde hacia el despeñadero. La reivindicación de la torería, el sabor con un mulo y la vuelta al ruedo de Diego Urdiales no saciaba a los paladares hartos de pan con pan. Nada les valía a los cuatro listos de siempre.

Pero devolvieron al quinto, y Sebastián Castella se encontró con la fortuna de frente en el toro menos frentudo de todos: un sobrero de El Torero sencillamente extraordinario. Propicio para el brindis real aplazado a Don Juan Carlos, abonado a la barrera de Preferente. Castella trenzó un lío formidable en los medios. El suyo con el sello de la casa. Un cambiado por la espalda y a pulso la muñeca zurda. Y toreó a cámara lenta al toro de más calidad que haya pisado el ruedo venteño de todo San Isidro. ‘Lenguadito‘ repetía y repetía y no levantaba el hocico de la arena, ni de los vuelos de la muleta que, en cuatro series, deletreaba cada interminable derechazo arrastrado. El toreo ligado, encajado el elegante galo, Le Coq en estado de gracia. La ayuda para sujetar la muleta ante el viento por la izquierda, hilvanada más que ligada, fina, engrasada y liberada de la sujección. Un cambio de mano de la siguiente serie arrancó el rugido de la comunión. La simbiosis (cuasi) perfecta de Sebastián, Lenguadito y Las Ventas. ¿Por qué cuasi? No lo sé. Más despacio no habrá toreado nunca Castella en Madrid. Quizá porque la estocada rinconera restó. Pero esa oreja valía un mundo, la ley de la lentitud, que en el toreo es el temple en su excelencia. A los mismos tampoco les llenaba.

Las hechuras que portaba el altísimo cuarto las había esbozado un Da Vinci antitorero. Curro Romero había viajado desde Sevilla para arropar a Urdiales. De brindar al Rey al Faraón. Como correspondía a tal ofrenda, Diego le puso sabor al caballote que embestía sin descolgar. Torería en las dobladas y colocación y verdad en su derecha. Una tanda despedida con el obligado de pecho, otra con un trincherazo cabal. De tanto ajustar el embroque hubo un desajuste: los lomos del toro arrollaban al menudo matador de La Rioja. Tomó distancia Diego, cambió la mano y pensó el toreo al natural. No del todo limpio. Ni siquiera inmaculado. Sino bañado de imperfecciones añejas. A pies juntos había una estampa vazqueña. Dos naturales sembrados y una trincherilla que duró de aquí a la eternidad. Un cartel de toros. Ya estaba la cosa. Demasiado para lo que el toro regalaba: nada. Apurar por apurar. Una estocada de travesía sin muerte. Había caído un aviso. Y varios descabellos. Y adiós a la oreja. Y otro recado por despiste. ¿Por qué no la vuelta ruedo? Fue.

A Talavante le despidieron con pitos porque abrevió con un sexto paletón que vino a joder del todo el Perú. Y porque con su espada no funcionó. Pero al colorado tercero de Cuvillo lo había interpretado con varita magistral para evitar sus tornillazos de final de viaje. Pasmosa su seguridad. Desde que se hizo presente en la verónica pausada. Mas en el tercio de muerte -a excepción del prólogo por estatuarios-, le sacó siempre al toro la muleta por debajo de la pala del pitón, evitando el derrote. El dibujo de los redondos concluía limpio y torero. Esperó con la izquierda una inmensidad para trazar un par de naturales espléndidos. Cuando el cuvillo se acordó de su nota en el caballo, se fugó a tablas. Todas las sandeces que vertieron desde el tendido duro (de mollera) puede que lo descentraran con el acero. Aunque visto lo del último, más bien fue su fidelidad al quinto mandamiento…

La tarde careció de buen principio con un cuvillo sin fuerza ni poder que Urdiales brindó al Rey emérito por protocolo. Castella se ahorró el ofrecimiento con un toro de genio desatado en mitad de las suertes que le enganchó mucho. Pero cuando volvió a por la montera a la muerte de ‘Lenguadito‘ le dijo: «Señor, éste sí era de brindis». Y tanto.

FICHA DEL FESTEJO

Monumental de las Ventas. Jueves, 21 de mayo de 2015. Décimo cuarta de feria. Lleno de “no hay billetes”. Toros de Núñez del Cuvillo, de diferentes hechuras y caras muy amplias y abiertas que soltaron mucho los tres primeros, el 2º con genio, el 1º sin fuerza ni poder y el 3º con un derrote final; el alto 4º se movió como un mulote; feo y abierto de palas el infumable 6º; y un sobrero cinqueño (5º bis) de El Torero, extraordinario de calidad y duración, una clase superior.

Diego Urdiales, de rioja y oro. Estocada (silencio). En el cuarto, estocada atravesada contraria y varios descabellos. Dos avisos (vuelta al ruedo).

Sebastián Castella, de grana y oro. Estocada honda y caida. Aviso (silencio). En el quinto, estocada rinconera. Aviso (oreja).

Alejandro Talavante, de nazareno y oro. Cuatro pinchazos y media tendida. Aviso (silencio). En el sexto, de dos pinchazos, pinchazo hondo y descabello (pitos de despedida).

Por Zabala de la Serna.

Foto de Fuentehttp://www.elmundo.es/cultura/2015/05/21/555e3512e2704e63588b4599.html

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