JOSÉ TOMÁS, LA LEYENDA INVISIBLE

Después eliminó de su agenda las entrevistas, se quitó de afeitarse, del petardeo social en el que nadan otros diestros, de las grandes fiestas y últimamente está casi a punto de olvidar cómo es torear en público. Hay metamorfosis con un final insospechado y la suya es una de ellas. Nadie sabe dónde terminará. Ese camino interior que recorre hacia la sublimación del arte, siempre con riesgo, como si fuera un asceta, le ha pelado el corazón como si fuera una alcachofa. Se ha ido descarnando hasta poner en peligro al propio artista: el torero que todos quieren ver, pero que no torea.

De seguir así, tal vez acabe por esfumarse, por convertirse en un tipo normal. Después de una temporada en blanco, el 3 de mayo reapareció en Juriquilla (Queretaro, México), una placita con 4.000 localidades, en una corrida a la que accedio por acompañar en su despedida a Fernando Ochoa, un amigo suyo. ¿Por qué ese día? Porque le apetecía

En Juriquilla las entradas se terminaron en una hora. La cola daba la vuelta a la manzana, tan poblada que la policía de la ciudad tuvo que desviar el tráfico. Algunos pasaron 72 horas plantados en mitad de la calle, durmiendo al raso a cambio de dos entradas, solo dos. Era una de las condiciones que había impuesto el matador, además de que en el callejón no hubiera figurones, nadie sin una función.

Podría llenar tres ‘bernabéus’. Todos le quieren ver. Y eso se refleja en su caché: ahora pide unos 500.000 euros por tarde, pero hace un par de años, en Nimes, le llegaron a pagar más de un millón por encerrarse con seis astados. Es como una estrella del pop al que todo el mundo quiere escuchar, una mezcla entre los Stones y los Beatles, que apenas da conciertos y que nunca ha sacado un disco. Aplicado al toro, así es él. Con el escaso material videográfico que existe, hay aficionados que pueden presumir: «Yo vi le torear».

José Tomás se ha preparado a conciencia en el campo. Allí mata toros a puerta cerrada como si saliera a Las Ventas. Viste de luces, pasa los mismos nervios, hace el paseíllo, lo da todo en los pitones y después se atormenta con el resultado artístico. Es como una corrida normal, pero sin público: allí no hay curiosos y los invitados son los justos. Sus cercanos creen que en el zarzal psicológico de sus sentimientos y decisiones, tal vez ese rito solitario y casi secreto es suficiente. Como si le valiera torear para sí mismo.

Además de ese cierto desapego con las grandes masas y de su pésima relación con muchos de los empresarios taurinos, dos accidentes han condicionado su vida. En 2011 estuvo a punto de perderla cuando en Aguascalientes el toro ‘Navegante’ le abrió en la pierna una ventana al cielo. Necesitó siete litros de sangre mexicana y un milagro para no quedar cojo de por vida. Volvió en la temporada siguiente, que fue la más corta que se recuerda. A mediados de junio, anunció una corrida en Valencia, otra en Badajoz, otra en Huelva y otra en Nimes. Aquella fue una histórica matinal. Seis toros con once orejas, un rabo y un indulto. Después, en el campo, un toro le pisó un pie y le dejo una lesión, que se complicó.

Las oportunidades de verlo en otras plazas son casi nulas. No torea en Pamplona desde 1999 y en la Maestranza desde 2002. Comparado con el show que han montado otros matadores presentando sus ‘tours’ en grandes eventos -Morante salió del humo vestido de esmoquin en el escenario de la discoteca Joy Eslava de Madrid-, las mini temporadas de JT están tan fuera del sistema que casi parecen no existir. Hasta que tira una plaza ‘abajo’.

Que no esté anunciado como el resto de matadores en grandes ferias, expuesto a públicos exigentes y ante ganaderías más duras es un problema para una parte cada vez más importante de la afición. «No le queda otro remedio que dar la cara -reflexionaba el matador salmantino retirado Andrés Sánchez en un coloquio del Club Taurino de Pamplona-. Pero, ¿por qué no torea cincuenta corridas de toros? Se ha hablado mucho de la cornada gravísima que sufrió en Aguascalientes. Pues bien, a mí, a los 16 años, un novillo de Escolar me pegó una cornada que me seccionó la safena, similar, tan grave como la del madrileño. Y tiré para adelante, y toreé un buen número de corridas cada temporada». Claro que para muchísimos otros, estas palabras son un sacrilegio.

De pocos amigos

En esta etapa de su vida, el diestro de Galapagar ya casi ni necesita un apoderado. En febrero del año 2013 prescindió de Salvador Boix, el músico, periodista y amigo al que encargó la tarea de representarle. Ambos apuntan que se aburrieron el uno del otro. Si hay otra razón de la ruptura, como tantas otras cosas, se guarda en la caja fuerte en la que vive el torero, un círculo pretoriano y reducidísimo. En ese club de confianza está Andrés, su hermano, que ahora se ocupa de los números y su apoderado en México Jorge Avila.

Ese ring en el que el matador pelea contra su propia leyenda es un lugar sencillo. Hay un ranchito en Aguascalientes, a donde viaja para hacerse el cambio horario, y una casa en Estepona. En el olimpo de este dios que lee a Hegel hay una mujer, Isabel, que conoció en una tienda de revelado, y un chaval que se llama como él, una bici para hacer kilómetros, algún libro sesudo y el bar del centro comercial en el que encontró a su media naranja, donde para de vez en cuando a tomar un cortadito. Salvo la costumbre de salir al ruedo a triunfar o a morir, todo en él es extraordinariamente común. Visto desde ese prisma esquemático, las maniobras de marketing de diestros como Morante, El Juli o Manzanares pierden el sentido. Su ‘stravaganza’ quizás termine por desvelarse como un curiosísimo aire de normalidad y los locos sean los demás.

EL GENIO, EN CORTO

José Tomás no se apoya en supersticiones ni creencias religiosas. No reza, ni lleva medallas al cuello, ni despliega sobre la mesa una capilla, ni enciende velas. Antes de torear no duerme la siesta: come, pasea y se tiende sobre la cama del hotel con los ojos abiertos. No invita a que le vean vestirse, ni acepta regalos ni suele brindar los toros. Es muy generoso con sus subalternos.

Su vida en Estepona es sencilla. Le gusta pasar tiempo con su mujer y su hijo, andar en bici, pasear y correr por la playa, además de jugar al fútbol con el número 7 a la espalda. Pasa entrenando todas las mañanas y hasta la primera hora de la tarde no se le puede localizar. Es muy amigo de Joaquín Sabina, que le escribió la canción ‘De purísima y oro’.

Tiene una fundación que trabaja por la igualdad de género, entre otros fines, y que dirige su médico, Rogelio Pérez Cano. Desde 2009 apoya proyectos sociales de toda índole de forma muy generosa.

Por Francisco Apaolaza.

Fuente: Las Provincias.

Miguel Angel Coronado

Author: Miguel Angel Coronado

Aficionado práctico por herencia. El Choni.

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